Cuando me levanté, noté que el día iba a ser compañero de mi estado anímico.
Me equivoqué.
Horas más tarde, él brillaba y yo no.
Obligaciones universitarias, que poco me convocan,
me exigen a adentrarme en el vertiginoso mundo que se despliega allá afuera.
En mi mundo tampoco regía la calma,
los pensamientos se sucedían con velocidad similar a la que ocurren los sucesos del mundo exterior, pero sus efectos persistían más que cualquier acontecimiento externo.
Tormenta de representaciones.
Una funcionaria de la corte electoral, me habla de todo el romanticismo y el amor que le connotan mis nombres, me esmero por ser simpática, y le explico que podría haber sido peor,
que podría haberme llamado Emily (gracias Néstor).
El comentario termina resultándome graciosamente irónico e inoportuno.
Vuelvo a abstraerme en mi mundo interno,
pienso y no puedo entender.
Debería buscar la forma de poder convivir con los sin -sentidos,
que a la larga me resultan tediosos, o no -hum.
Aún no se que es preferible.
La idea de la compulsión de repetición, me enferma.
Trato de escaparle pero no puedo.
Comienza a transformarse en algo así como mi sombra.
Almuerzo veganamente entre semillas embolsadas,
olor a incienso concentrado y un poco de Mandarin.
Luego, decido llenar mi vacío con un poco de consumo.
Una remera nueva para engañar al espíritu,
pero la pseudo medicina de la posmodernidad,
hoy no parece cooperar conmigo.
Me convenzo de que estar triste es una elección,
pero todavía no me lo creo.
“Im only happy when it rains Im only happy when its complicated”